jueves, 19 de enero de 2012

Rima LXXXIII


Solitario, triste y mudo
hallase aquel cementerio;
Sus habitantes no lloran.
¡Qué felices son los muertos!

Gustavo Adolfo Béquer.

miércoles, 18 de enero de 2012

Ausencias

Hoy dos ausencias, la primera en la casa de quien amo, una ausencia definitiva... La segunda, en mi grupo, una ausencia parcial....


martes, 17 de enero de 2012

El vino


El vino puede sacar
cosas que el hombre se calla;
que deberían salir
cuando el hombre bebe agua.

Va buscando, pecho adentro,
por los silencios del alma
y les va poniendo voces
y los va haciendo palabras.

A veces saca una pena,
que por ser pena, es amarga;
sobre su palco de fuego,
la pone a bailar descalza.

Baila y bailando se crece,
hasta que el vino se acaba
y entonces, vuelve la pena
a ser silencio del alma.

El vino puede sacar
cosas que el hombre se calla.

Cosas que queman por dentro,
cosas que pudren el alma
de los que bajan los ojos,
de los que esconden la cara.

El vino entonces, libera
la valentía encerrada
y los disfraza de machos,
como por arte de magia...

Y entonces, son bravucones,
hasta que el vino se acaba
pues del matón al cobarde,
solo media, la resaca.

El vino puede sacar
cosas que el hombre se calla.

Cambia el prisma de las cosas
cuando más les hace falta
a los que llevan sus culpas
como una cruz a la espalda.

La puta se piensa pura,
como cuando era muchacha
y el cornudo regatea
la medida de sus astas.

Y todo tiene colores
de castidad, simulada,
pues siempre acaban el vino
los dos, en la misma cama.

El vino puede sacar
cosas que el hombre se calla.

Pero... ¡Qué lindo es el vino!.
El que se bebe en la casa
del que está limpío por dentro
y tiene brillando el alma.

Que nunca le tiembla el pulso,
cuando pulsa una guitarra.
Que no le falta un amigo
ni noches para gastarlas.

Alberto Cortez

La luna


De blanco, amarillo, gris y naranja; siempre entra por mi ventana e ilumina mis sueños.

Un Recuerdo.


Un Recuerdo una sonrisa
El recordarte me trae una sonrisa
Tu recuerdo siempre tendrá amor
Tu sonrisa siempre me refleja felicidad.
Tu visita, marco mi hogar.

viernes, 8 de octubre de 2010

Aura, de Carlos Fuentes.

La historia se desarrolla en el antiguo centro de la ciudad de México, en las antiguas casonas con remates churriguerescos, vecindades eternas y marginadas, donde las gárgolas no molestan a nadie, ni a nada, y los merolicos hacen un gran acto de aparición; pero en los pisos altos ese mundo no existe, ahí solo existe el silencio y el misterio escondido entre paredones de adobe, tejas de barro y remates de cantera; ahí solo existe el misterio que envuelve a las ventanas obscuras y sus pesadas cortinas color verde olivo, donde la luz de algún quinqué molesta a una sola alma, bueno quizás dos, la familia Llorente, o quizá solo la señora Consuelo Llorente, y el recién llegado, historiador, antiguo becario de la sorbona, exhumador de papeles amarillos, joven y opulento, perfecto curriculum, que encaja perfecto con el anuncio oportuno del periódico, cuatro mil pesos mensuales, acuda personalmente, no hay teléfono...
El acude acude a la casa en Donceles, 815, , casa opulenta de antiguedad incalculable, llevándose lo que le queda a la señora Llorente, el sueldo de él y la fidelidad de Aura, y el fulgor de sus ojos verdes, que fluyen, chocan y se desaparecen cada vez que volteas y vuelves a sentir la necesidad de volver a mirarla una vez más.
Ahí nada sucede, las vitrolas, los entrepaños, la humedad, las baldosas y las plantas de sombra, esos mundos diferentes uno del otro e ignorantes de sí mismos, ese mundo que no cambia, ni con el silencio de Aura, su piel resbalosa y tibia, sus pasos y susurros de la falda en los pasillos obscuros, lúgubres, ese memorizar: a la derecha, veintidós escalones, trece pasos, derecha, empujar la puerta, y ella se regresara sola a su lugar dejando atrás su mundo.