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lunes, 17 de septiembre de 2012

Memorias de mis putas tristes

"El sexo es el consuelo que uno tiene cuando no le alcanza el amor."

Delgadina, no era más que una ilusión febril, era la sombra de sus ilusiones que daba pasos de gato en la casa florentina que en ruinas revivía con la falsa esperanza de su amor, era sus duetos de amor, Puccini, las letras de Agustín Lara en voz de Toña la Negra; "el bolero es la vida" asintió a Rosa Cabarcas el día que conoció aquel ángel conciliador de su demencia senil. De su vida no había hecho nada más que notas dominicales, altruismo barato y cultura local, "(...) soy un cabo sin méritos ni brillo (...)"; el amor le salvó la vida, el día de sus noventa años cuando en un brote de inspiración pidió a una doncella, "Ay, mi sabio triste, te desapareces veinte años y sólo vuelves para pedir imposibles" afirmaba Rosa por el teléfono. Hizo imposibles, esa misma noche llegó él, con un traje de impecable lino blanco, envuelto de agua florida con el corazón hecho trizas por la impuntualidad que ya llevaba encima; llegó, ella estaba sedada, porque en el día se la pasaba pegando botones, el respetó su sueño y así lo hizo todos los encuentros siguientes, soñándola viva y sin voz en la casa, con pasos de gacela por los pasillos, con su cuerpo tibio y desnudo en la madrugada, y así la amó y enloqueció cada día por ella, su inspiración en cada nota convertida en cartas de amor implícitas donde su nombre no aparecía.

No se llama así- dijo -Se llama- 
No me digas como se llama- la interrumpió- para mí es Delgadina
Bueno, al fin y al cabo es tuya, pero me parece un nombre diurético.- 

Una noche al llegar a casa de Rosa, no había nada, ni los amores de paso que en esa casa afloraban, ni Delgadina, salió al paso que le permitían sus noventa años a buscarle, la transfiguraba en colegialas en la plazuela del barrio, la miraba en cada mujer que llevara una bicicleta, algo sí tenía seguro, no la reconocería despierta ni vestida, y ella no podría saber quién era el si nunca lo había visto.

Regreso Rosa, la vieja y lúgubre matrona, le llamó y a la semana siguiente, ya estaban juntos de nuevo, viviendo ese amor de sueños, Delgadina y él, ella distinta, emperifollada en ropas de puta; los celos le cegaron el alma y empañaron su amor, ¡Putas!, ¡Eso es lo que son ustedes! y se desapareció entre el huerto del amor prohibido.

No faltaba más que el verla, acompañaba su pensamiento y su delirio, el moría de amor, poco a
poco, llamó a Rosa Cabarcas el día que sentía morir. Volvió, allí estaba Delgadina, suya de nadie más a pesar de la brumas de sus celos, amaneció entrelazado a sus manos suaves. Allí estaba, había sobrevivido al primer día de sus noventa años, sentía por fin la vida real, condenado a morir de buen amor en la agonía feliz de cualquier día después de sus cien años.

miércoles, 4 de julio de 2012

Arráncame La Vida

"Arráncame la vida, con el último beso de amorArrancalá, toma mi corazón, arráncame la vida, Y si acaso te hiere el dolor, ha de ser de no vermePorque al fin tus ojos me los llevo yo."

Arráncame la vida Catalina con un beso, arráncame un suspiro como en el ensayo orquestal; y después de un concierto de besos y caricias, llévame al mar de ilusiones del que no quiera volver jamás.
Llévate los miedos y temores que infunda Ascencio, que las balas lo embosquen y las tranzas lo atasquen, llévatelo con sus amantes, la docena de hijos nuevos y los que vienen detrás.
Deja que el amor fluya, que no haya Viena o Nueva York, que no exista Puebla o la Ciudad de México, que desaparezca el Palacio de Bellas Artes o el Samborns de los Azulejos, que sólo exista un paraíso en estas cuatro paredes, en tus ojos color miel, en tus huesos Catalina. Arráncame la vida, y que mi tumba tenga el olor de tu piel sobre las flores de cempasuchil en una tarde de otoño.

martes, 15 de mayo de 2012

Carlos Fuentes

Nació en Panamá en 1928, sin embargo, para mí no nació un 11 de noviembre, sino una tarde octubre cuando tras una clase de español en la secundaria y unos respectivos veinte pesos me entregaron un montón de hojas en las cuales contenía una de las mejores historias escritas del español, "Aura" tenía el título de las copias de mala calidad , en la que apenas y se distinguía una imagen como portada. 
Para mí Carlos Fuentes no nació en Panamá, nació en mi pupitre de la secundaria, aquel pupitre que forré de primero a tercero, ese pupitre de color naranja; nació en las primeras líneas "Lees ese anuncio: Una oferta de esa naturaleza no se hace todos los días[...]" nació en ese "cafetín sucio y barato" y después en Donceles Número 815, en aquella unidad del tezontle, los nichos con sus santos truncos coronados de palomas, a piedra labrada del barroco mexicano, los balcones de celosía, las troneras y los canales de lámina y las gárgolas de arenisca. Las ventanas están ensombrecidas por largas cortinas verdosas: esa ventana de la cual se retira alguien en cuanto tu la miras; miras la portada de vides caprichosas, bajas la mirada, al zaguán despintado y descubres 815[...]".
Nació en las instrucciones de Aura, la lúgubre señora Llorente, en los amoríos de Aura y Felipe, en sus descripciones que me integraron en un mundo que no existía más que en mi imaginación.
Un día conocí a Aura, fui al cine un 15 de septiembre y quién me vendió los boletos era Aura (o al menos sus ojos), recordé esa descripción: "[...] esos ojos de mar que fluyen, se hacen espuma vuelven a la calma verde, vuelven a inflamarse como una ola: tú los ves y te repites que no es cierto, que son unos hermosos ojos verdes idénticos a todos los hermosos ojos verdes que has conocido o que podrás conocer[...]"
Quizá no he leído a Carlos como quisiera, solo recuerdo haber leído Chac-Mool y Aura, no he leído más cuentos, no leído cuentos como "Por boca de los dioses" ni libros como "La muerte de Artemio Cruz", "Gringo Viejo", "La silla del Águila" etc.
Pero para mí leer Aura fue una experiencia reveladora de las letras.
Hoy murió Carlos Fuentes, el humano, hoy su cuerpo falló y se fue; sin embargo, no muere su esencia, no mueren sus letras, ni mueren sus historias. No muere del todo, pues cada vez que lo lea, para mí vuelve a nacer. 


Que En Paz Descanse Carlos Fuentes Macías (11/11/1928-15/05/2012)